
En las últimas
casas de Miño se insinúa una vega que poco a poco va creciendo y llenándose
de árboles. Valdanzo aparece de súbito como un pueblo de piedra. En
tapias y cabañas se muestra un adobe calcáreo. Minúsculas bodegas
ilustran cauces fantásticos por los que discurre la turbulencia de la
imaginación. Ese es el único punto de zozobra en un lugar donde todo es
quietud y poso estático. Geométrico y aseado, el caserío se articula
alrededor de dos plazas: una, rectangular, de buenas proporciones,
adulterada apenas; otra, la de Fulgencio de Miguel Alonso, más pequeña,
contiene la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, dotada de espadaña
de dos cuerpos y múltiples campanas. Arco toral románico, con dos altos
capiteles y gruesas capas de cal que dejan ver, en varios desconchones,
pinturas de colorido intacto. Conviene resaltar la originalidad de la
capilla mayor, única en la provincia que conserva planta hexagonal.
Asimismo, causa sorpresa encontrarse, en una capilla lateral conocida con
el nombre del Santísimo Cristo, el conjunto escultórico del
Descendimiento. La escultura posee traza gótica, con estofado posterior
de escuela castellana. La talla del Crucificado tiene el brazo derecho
desclavado, lo que sugiere la imagen de un vuelo zozobrando. Trata de
remediar tanto luto la actitud de la Virgen, que acaricia la mano de su
Hijo. A pesar de los esfuerzos, el rostro atribulado de la Madre de Dios
no puede contener el llanto. Cuatro figuras rodean al Crucificado. Debido
a sus notables dimensiones y a la buena ejecución de las tallas, todas
las imágenes configuran un calvario singular y vistoso, de raro mérito y
escondida originalidad.
Texto extraído del
libro:
Guía Turística y Monumental de la Ribera del Duero, por
Pascual Izquierdo
Editado por el Consejo Regulador de la Denominación de Origen
Ribera del Duero
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