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VÍDEOS

Historia

Albergue de esencias castellanas, la esquina oeste de Soria hunde sus raíces en un tiempo viejo. Por ella cabalgó el Cid. Pero antes, mucho antes en la memoria de los hombres y la Historia, esta geografía de cruce donde se superponen culturas y vestigios forjó con intensidad un pasado milenario. Lo cuentan, a golpe de siglos, los distintos yacimientos de la zona, las vasijas, las excavaciones, las necrópolis... Lo dicen en páginas anteriores las huellas de dinosaurio encontradas en las inmediaciones de Tiermes. Lo dibujan -hermosos epígrafes de un arte recién nacido- los grabados rupestres de Castro, Cuevas de Ayllón, Ligos, Manzanares, Retortillo de Soria, Sotillos de Caracena, San Esteban de Gormaz, Valvenedizo...

Pobladas desde antiguo, en las Tierras del Cid descansa a gusto la Prehistoria, diseminada por yacimientos como los de Sauquillo de Paredes, Tarancueña -zona arqueológica- y Torrevicente, con inscripciones rupestres.

Muy cerca, el yacimiento de Los Tolmos de Caracena explica la Edad del Bronce, página a la que pertenecen asimismo las dos espadas encontradas en Alcubilla de Avellaneda y los orígenes de Gormaz, localidad con necrópolis de la Edad del Hierro, castro celtíbero, villa romana en Fuentes Chiquitas, inscripciones latinas, restos visigodos...

Los rastros del pasado más antiguo son muchos y muy repartidos: hachas de sílex halladas en Valdanzo y Langa de Duero (la Segontia Lanka celtíbero-romana que fuera aliada de Numancia y que reúne muestras desde El Bronce Final); yacimiento preceltíbero y castro y necrópolis celtíberos en Quintanas de Gormaz; el castro de Morcuera, ya poblada en el Bronce Final; las inscripciones latinas de Olmillos dedicadas a la diosa indígena Drusuna; el yacimiento del Bronce Antiguo y el castro celtíbero de Peñalba de San Esteban, los castros de Ligos, Pedro y Sotillos de Caracena, el conjunto rupestre celtibérico con tumbas, aljibes y silos de Castro... La lista, extensa y difícil de resumir, da una idea leve de la intensa actividad humana que desde antaño tuvieron estas Tierras por las que penó su destierro el Campeador. El viajero irá encontrándose con sus testimonios a cada paso, huellas certeras del pasado largo que las atraviesa.

Pero serán dos nombres, topónimos llenos de acontecer histórico, los que concentren una parte importante del legado arqueológico de la zona. Son los yacimientos de Uxama y Tiermes, piedras angulares de una cultura esencial en estas tierras: la Celtiberia.

Muy cerca de El Burgo de Osma, en el Alto de la Mina, la ciudad celtíbera primero y romana después vigila desde su enclave de privilegio. Arévaca como Numancia y Tiermes e igual de importante que ambas, Uxama ha dado al Museo Numantino de la capital mosaicos, cerámicas, monedas, esculturas y artesanía, además de conservar in situ restos de construcciones públicas y privadas.

Por su parte, Tiermes ejerce fascinaciones desde los confines de la Sierra de Pela. Cuatro mil años de pobladores recorren la cronología de una ciudad que fue, junto a la citada Uxama y la mítica Numancia, uno de los más importantes bastiones de resistencia a la todopoderosa Roma. Habitado ininterrumpidamente desde el II milenio antes de Cristo, cinco edades se dan cita en el yacimiento de Tiermes: hombres y mujeres de la Edad del Bronce, Celtíberos, Romanos, Visigodos y Medievales dejaron en él su estela. El resultado: un espacio impresionante que alguien llamó la 'Pompeya Española', y cuya urbe rupestre celtíbero-romana, en excelente conservación, le hizo ganar otro calificativo sonoro: la 'Petra de Occidente'.

Y sigue el libro de la Historia, repartiendo milagros. Las páginas descubren ahora un Imperio y una dominación. Roma se quedó en la villa de los Quintanares, en Rioseco de Soria y en la de Santervás del Burgo; en los restos de Carrascosa de Arriba; el epígrafe de Júpiter en la esquina de la iglesia de Alcubilla del Marqués; las numerosas estelas de San Esteban de Gormaz; el sepulcro turriforme de la Casa de la Mora de Vildé; el yacimiento bajo imperial de Liceras; los asentamientos de Castro, Torrevicente y Valvenedizo; la calzada de Alcubilla de Avellaneda; en Peralejos de los Escuderos se encontró una tessera hospitium sobre Tiermes, hoy en el Museo Arqueológico Nacional; las termas, lápidas y esculturas de Tiermes; las construcciones de Uxama; la inscripción del legionario romano de Noviales... Y más puntos suspensivos hasta llegar a Castro, donde una ermita con vestigios visigodos nos interna por un capítulo del que apenas quedan testigos, a excepción de la ermita de Pedro del siglo VII y los restos de la necrópolis de Tiermes.

Y así llegamos, entre hitos y lagunas de esta cartografía de espacio y tiempo por la que viajamos, hasta un punto de máxima intensidad narrativa: érase una tierra fronteriza que concentró los deseos y las tácticas de dos pueblos enfrentados... Es una historia de amor y de guerra, de Conquista y Reconquista. De árabes y de cristianos.

En la larga pugna por subir hacia el norte peninsular, la presión musulmana se concentró en un límite bien definido: la frontera que traza el Duero. Las tierras que lo flanquean se convertirían así en el territorio de choque, que pasaría constante e insistentemente de unas manos a otras. Es el caso de Gormaz, la fortaleza califal más extensa de Europa, bastión estratégico y bélico de primer orden durante esta etapa. Por él, magnífico castillo del siglo X, deambulan nombres como Galib, Garci Fernández y los míticos Almanzor y El Cid.

El carácter fronterizo de la zona quedaría patente en el establecimiento de una importante línea defensiva, de la que se mantienen en pie numerosos testimonios. Los árabes construyeron por estas latitudes una eficaz red de edificaciones, que jalonan el territorio con una clara jerarquía y funcionalidad: a la cabeza se situarían los castillos, difícilmente expugnables y estratégicamente repartidos. Entre ellos, y también meticulosamente distribuidas, fortificaciones más pequeñas. Y, por último, un entramado de multitud de atalayas, formando una hilera cuidadosamente diseñada. Su misión: controlar cualquier movimiento y comunicarlo de unas a otras a través de señales acústicas y visuales (espejos por el día, fuego por la noche), hasta hacer llegar el mensaje a fortificaciones y castillos.

Hoy, las torres que sustentaron este preciso sistema de comunicación forman parte de un itinerario turístico, que bajo el nombre de Ruta de las Atalayas hilvana distintos ejemplares de estas construcciones de planta circular y alzado cilíndrico. Una recomendación: llegarse hasta las de El Enebral, Nograles, Quintanilla de Tres Barrios y no dejar de subir a la de Uxama. Restaurada y con una escalera a la sazón, se revela como un excepcional mirador desde donde divisar el Castillo Templario de Ucero, la Fortaleza de Gormaz y un largo rosario de atalayas desafiando el cielo. Por su parte ellas coserán tiempo y batallas en la localidad de Langa de Duero, cuyo Torreón del Cubo albergará próximamente un Centro de Interpretación. La propuesta: un atractivo vuelo a ras de la memoria sobre el rico patrimonio que atalayas y fortalezas forman.

Al otro lado del río, húmeda de ribera y envuelto en matices medievales, una villa atravesada por un puente sigue contando la Historia. Se llama San Esteban de Gormaz, y fue un día la Puerta de Castilla. Plaza fuerte fronteriza y estratégica, la localidad junto al Duero era considerada por los árabes "principal centro y capital de los infieles". Fue, por tanto, objeto de numerosas batallas, pasando de un dueño a otro a lo largo de dos siglos.

Mientras, una figura mítica aparece reiteradamente por estas latitudes. Es Almanzor, quien, cuenta la leyenda y el ripio, "perdió el tambor" en el llamado Valle de la Sangre, a los pies de la medieval y sugestiva villa de Calatañazor.

Reconquistadas las tierras por los ejércitos cristianos, habrá nuevos castillos, fueros, comarcas repobladas, memoria y fusiones en el arte y la arquitectura, el sabor de dos mundos... y un resurgimiento del fervor religioso nacido de las ansias por robustecer el cristianismo y zanjar la cuestión árabe, que dará paso al estilo por antonomasia de la provincia: el Románico.

Sobria y hermosa, la estética reciente encuentra en San Esteban de Gormaz una iglesia y una cuna: San Miguel, finalizado en el año 1081, es uno de los templos románicos más antiguos de Castilla, el primero de Soria y el que inaugurara el modelo de galería porticada que más tarde imitarían las provincias limítrofes.

En el siglo XII, otro templo románico se levantaría en un humilde burgo sobre un monasterio visigótico. Pertenecía a la ciudad de Osma y sería la génesis de una villa que crecería bajo la protección del poder eclesiástico. Más tarde, una catedral vendría a ampliar y mezclar estilos a lo que sería, en definitiva, la importante y patrimonial, sede episcopal de la provincia, la villa de El Burgo de Osma.

En el mismo empeño por afianzar las esencias cristianas frente al “infiel sarraceno”, la expresión castellana encontraría en la literatura popular su más sentida exaltación. Ríos de tinta empezarían a hacer proliferar la poesía juglaresca, vehículo para ensalzar las gestas de los caballeros medievales. Entre todos ellos, y comparable al Roldán francés o el Sigfrido alemán, se alza indiscutiblemente una obra: El Cantar del Mío Cid.

Insistiremos: el Campeador cabalgó su destierro por estas tierras. Lo cuenta, con un detallado conocimiento de la toponimia de la zona, el Poema Anónimo, en versos que entran a Soria por Alcubilla de Avellaneda y se detienen en San Esteban de Gormaz, "aquella buena ciudad" que también diera cobijo a las hijas del de Vivar tras sufrir el ultraje de mano de sus esposos los Infantes de Carrión -por cierto que la Afrenta de Corpes se vino a localizar en un paraje de Castillejo de Robledo-.

El Cantar continuará por Alcubilla del Marqués, Navapalos, Fresno de Caracena, Gormaz -del que más tarde fuera alcaide el mítico burgalés-, para salir momentáneamente de las hoy denominadas Tierras del Cid y adentrarse en Berlanga de Duero, cruzar por el paso de Badorrey y atravesar, antes de partir a Guadalajara, el señorial y amurallado Retortillo de Soria.

A caballo entre la historia y la leyenda, el itinerario del Cantar quiso recorrer una geografía que el autor -uno o varios- conocía/n muy bien. Las tesis: según Timoteo Riaño la epopeya la escribió Per Abbat, clérigo de Fresno de Caracena o, como defiende Menéndez Pidal y apostilla nuestro paisano Guillermo García Pérez, las responsables fueron dos plumas: una oriunda de San Esteban y la otra de la también soriana villa de Medinaceli. Sea como fuere, en el aire queda una respuesta que forma parte de una figura construida por crónicas y fantasías a partes iguales.

Dejamos ahora el mito para irnos, de la mano de los Reyes Católicos, a la unión de Aragón y Castilla y el fin de las disputas con Navarra. Tras esto, las plazas más codiciadas conocieron la prosperidad y los privilegios, otorgados por monarcas empeñados en afianzar su fidelidad. Fueron tiempos de esplendor para la línea fronteriza, que vieron prosperar con fuerza sus nobles y sus edificios.

Paralelamente, la Mesta se hacía más y más poderosa, al tiempo que la corona castellana ingresaba pingües beneficios del comercio lanero, del que prácticamente poseyó el monopolio continental hasta bien entrado el siglo XIX. Eran buenos tiempos para la provincia merinera, que desarrolló una potente actividad ganadera y carretera. La Cañada Soriana Occidental, una de las más largas de la Península, atravesaba unas tierras que más tarde hubieron de ver cómo la Guerra de la Independencia y la entrada de otros países europeos en el mercado lanar traía el declive de la trashumancia y, con él, el suyo propio. Se iniciaba, así, un franco retroceso en la prosperidad de la esquina castellana, que iría mermando su población hasta el día de hoy.

Pero déjennos acabar diciendo, para que en la boca se quede el sabor agridulce que da la melancolía, que a cambio obtuvimos un espacio de silencios, un mapa como recién lavado, un rincón de serenidades en el que escuchar la tierra. De esos sitios que ya, apenas van quedando.